Entrevistas HO, Soler Gil: «La Ciencia nunca podrá 'matar' a Dios»

Entrevistas HO, Soler Gil: «La Ciencia nunca podrá 'matar' a Dios»

Entrevistamos al Doctor en Filosofía de la Física y profesor universitario de Lógica y Filosofía de la Ciencia, coautor de '60 preguntas sobre ciencia y fe'
«Ciencia y la fe no sólo son compatibles, sino que fue la matriz cultural cristiana la que hizo posible que surgiera la ciencia moderna»
«Las fronteras éticas de la Ciencia surgen al considerarla como un conjunto de actividades humanas que pueden y deben ser valoradas»
«Por ejemplo, la prohibición de emplear seres humanos como cobayas involuntarias para la experimentación médica»
«El respeto a toda vida humana es el pilar básico de cualquier sociedad civilizada»

«El respeto a toda vida humana es el pilar básico de cualquier sociedad civilizada», subraya también el coautor de 60 preguntas sobre ciencia y fe, donde 26 científicos defienden la necesaria colaboración entre razón y fe. 

REDACCIÓN HO.- Entrevistamos a Francisco José Soler Gil es Doctor en Filosofía de la Física por la Universidad de Bremen y actalmente imparte como catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia en las Universidades de Bremen y Sevilla. Es coautor de la exitosa obra 60 preguntas sobre ciencia y fe (Edit, Stella Maris, 2014) en la que, junto a otros 26 catedráticos y profesores universitarios de las más variadas disciplinas de las Ciencias, pertenecientes a 14 universidades españolas y de Iberoamérica, rebaten la supuesta incompatibilidad entre religión y ciencia que propugnan algunos "científicos materialistas".  El libro salía a la venta el pasado septiembre, apenas una semana después de que, en el Festival Starmus de Canarias, Stephen Hawking volviera a protagonizar un discurso en el que defiende que no cree en la existencia de Dios, ni en la necesidad de que lo haya para crear el universo. 

  • Ficha bibliográfica:  '60 preguntas sobre ciencia y fe'.  EDITORIAL;Stella Maris. AUTOR: Francisco José Soler Gil, Manuel Alfonseca y otros. FORMATO: 15X23 CM PÁGINAS: 416 IDIOMA: español. EDICIÓN: 1°. ISBN: 9788416128181 PVP:18.50€.

El libro conforma el  proyecto divulgativo más importante realizado hasta el momento en español sobre la compatibilidad entre la ciencia y la fe. Los científicos españoles sostienen que "los datos que arroja el conocimiento científico actual" si se "desprovee de las interpretaciones materialistas y ateas" no son "en modo alguno incompatibles con la doctrina cristiana". Lo que ha sucedido, a juicio de estos expertos, es que "se ha hecho ideología con la ciencia, yendo mucho más lejos de lo que el dato empírico permite". Los autores aúnan sus sólidos conocimientos y experiencias para ofrecer un texto de alto rigor académico, pero con un lenguaje asequible al ciudadano medio. Con ello, el lector podrá hacerse una idea cabal de la necesaria colaboración que ha de existir entre ciencia, razón y fe, para ensanchar el ámbito de nuestro conocimiento. Sobre este punto arrancamos la entrevista:

 ¿La ciencia y la fe son verdaderamente compatibles? 

La ciencia y la fe no sólo son compatibles, sino que fue la matriz cultural cristiana la que hizo posible que surgiera la ciencia moderna. No es casualidad que la ciencia surgiera en la Europa cristiana, ni tampoco fue la ciencia en su origen un movimiento de oposición al pensamiento religioso, sino todo lo contrario: Fue la fe en que el mundo esta estructurado racionalmente, por ser la obra del Logos divino, y fue la fe en que el hombre, por ser imagen de Dios, puede acceder al conocimiento de esa estructura, la que animó a los primeros científicos a arriesgar muchos años de trabajo y de esfuerzos ímprobos en una empresa de investigación cuyo éxito no parecía inicialmente muy probable. Y fue la convicción de que Dios era libre para crear distintos órdenes racionales ―una idea desconocida para los griegos―, la que les llevó a la idea de que sólo la observación de la naturaleza, y no la pura reflexión a priori, nos permitiría descubrir su orden. Por eso, la ciencia moderna nació en la Europa cristiana, y no en la Grecia clásica. De hecho, ya la propia expresión de «leyes de la naturaleza» sólo se entiende teniendo en cuenta este fondo de pensamiento.

Más aún, es posible que, sin ese fondo de confianza cristiana en nuestra profunda sintonía con la racionalidad del mundo, la ciencia se encuentre siempre expuesta al peligro de degenerar en un mero instrumentalismo que renuncie a la búsqueda del orden verdadero de la naturaleza, para conformarse con procedimientos útiles para tales o cuales fines prácticos. Lo que significaría toda una traición al espíritu de los grandes científicos.

De manera que la ciencia y la fe no sólo son compatibles, sino que es incluso razonable pensar que la ciencia necesita un cierto fondo cultural de fe mantener su nervio creador.

¿Dónde está el límite de la ciencia? 

La ciencia tiene al menos tres clases de límites: límites filosóficos, límites científicos (o técnicos), y límites éticos. Es importante darse cuenta de que existen estos límites, porque nos transmiten un mensaje capital. A saber: que la ciencia, por muy grande que sea (¡que lo es!) su contribución al saber humano, no abarca toda la racionalidad humana, puesto que hay metadiscursos plenamente racionales que la enmarcan y limitan. Esto vale sobre todo por lo que se refiere a los límites filosóficos y éticos de la ciencia, ya que los límites científicos de la ciencia son simplemente las fronteras a la posible adquisición de información que pueden derivarse de las propias teorías físicas (por ejemplo el principio de incertidumbre de Heisenberg, o la imposibilidad de recibir información a una velocidad superior a la de la luz etc.).

Los límites filosóficos son los supuestos que toda ciencia ha de adoptar a priori, como punto de partida, puesto que sin ellos no podría ni siquiera ponerse en marcha. Todas las ciencias naturales tienen al menos tres presupuestos filosóficos fundamentales de este tipo en su base:

El primero de ellos, es el postulado de la racionalidad del mundo (o al menos el del objeto de estudio de la ciencia que sea); el segundo es el postulado de que la mente humana está capacitada para descubrir esa racionalidad; y el tercero es que existe un método adecuado para descubrir dicha estructura racional de la naturaleza, que es el método científico. (Aparte de este contenido filosófico mínimo, luego las distintas ciencias tienen un número variable de postulados filosóficos adicionales).

Por último, las fronteras éticas surgen al considerar la ciencia como un conjunto de actividades humanas que pueden y deben ser valoradas. De esta consideración surgen límites a la investigación científica. Por ejemplo, la prohibición de emplear seres humanos como cobayas involuntarias para la experimentación médica.

¿Se ha llegado a crear una especie de “ideología” con la ciencia que ha rebasado límites, yendo más allá de lo que los datos empíricos permiten?

Sin duda. Desde el siglo XIX para acá, ha ido cobrando fuerza una lectura particular de los datos y las teorías científicas. Una lectura de la ciencia que no es, ni mucho menos, la única posible. Ni la más natural. Y que, además, si se analiza con detenimiento, presenta aporías serias. Pero una lectura que, pese a ello, se presenta (por ejemplo en los libros y revistas de divulgación) amalgamada de tal modo con los datos científicos, que para buena parte del público resulta invisible como tal, es decir, indistinguible de la ciencia en sí.

Y esta interpretación dominante en nuestro tiempo es atea: parte de la materia inerte como realidad primera, y, por supuesto, no deja lugar alguno ni a Dios, ni, a decir verdad, tampoco al hombre (que prácticamente se desvanece, a fuerza de reducir sus atributos más esenciales, su dimensión mental, a un complejo de interacciones físicas y químicas entre neuronas). Es lo que he denominado algunas veces la «mitología materialista de la ciencia», en la que estamos hoy en día inmersos.

¿Son las religiones espacios que rellenan los huecos de la ciencia?

No estoy seguro de que sea buena idea hablar de «las religiones» en general. Puesto que hay muchas religiones, y la relación de cada una de ellas con la idea de un orden racional del mundo y de un método científico de investigación de ese orden será diferente. Hay religiones que apuntan a una realidad irracional en el fondo; hay religiones que son incompatibles con algo así como «leyes de la naturaleza», puesto que no consideran la divinidad como legislador racional, sino más bien como una voluntad arbitraria y variable.

Por tanto, si se quiere hablar de la relación entre la religión y la ciencia, habría que especificar de qué religión estamos tratando. Si hablamos del cristianismo, que es el alma de nuestra civilización occidental, entonces no tiene sentido considerar la religión como un parche para tapar los huecos de la ciencia, pues ya he mencionado antes que la propia ciencia moderna ha surgido como un desarrollo de ideas e impulsos de esa religión. Y es que la ciencia moderna, en el fondo, no es otra cosa que un programa de investigación cristiano, que busca explicitar y detallar la idea cristiana de que la naturaleza es un libro escrito por el Logos-Creador. Por eso, una religión así no se fortalece con los huecos sino con los éxitos de la ciencia.

¿Puede darse un conocimiento científico de Dios? 

No. Para que pudiera darse un conocimiento científico de Dios, Dios tendría que ser un objeto material, susceptible de ser estudiado como el resto de los objetos materiales, empleando el método científico (un método que requiere la realización de experimentos, o al menos la recogida de datos relativos a los objetos de estudio). Pero si Dios fuera algo así, entonces no podría ser realmente el primer principio de la realidad. Nos encontraríamos ante una cosa más, entre las cosas del mundo.

Ahora bien, aunque no pueda darse un conocimiento científico de Dios, sí que cabe al menos derivar indicios de la existencia de Dios a partir de lo que la ciencia nos dice sobre la forma de ser del mundo. El motivo de que se pueda hacer esto es que, en el fondo, tenemos dos posibilidades básicas para concebir la realidad: O bien suponemos que el principio de todo es la Inteligencia, o bien suponemos que la realidad primera es materia inerte e irracional.

De ahí se derivan dos planteamientos completamente diferentes para entender el mundo: el planteamiento teísta y el planteamiento materialista. Y cabe estudiar cómo encajan estos planteamientos con la imagen científica del mundo. A mi modo de ver, el planteamiento teísta encaja de un modo mucho más natural con esta imagen que el planteamiento materialista. Por eso la ciencia puede servir para aproximarse a Dios, aunque no nos permita un conocimiento científico de la divinidad.

¿Hace falta Dios para que exista el universo? 

Muy posiblemente sí. En todo caso, la cosmología física actual, en cualquiera de sus variantes (ya sea el modelo cosmológico estándar de la Gran Explosión, ya sea alguna de sus variantes inflacionarias, o alguno de los modelos de cosmología cuántica que se ensayan... inclusive el de Hawking), describe siempre el universo como un objeto físico ordinario. Pero si el universo es un objeto físico ordinario, es natural sospechar que tiene una causa, puesto que el ámbito natural de aplicación de la categoría de causa son los objetos ordinarios.

Cabría intentar resolver el problema de la causa del universo postulando una cadena infinita de universos que generan unos a otros. Pero la propia descripción física de esa cadena nos situaría frente a un nuevo objeto físico, tan necesitado de explicación como cualquiera de sus eslabones. Es lo que tiene la física: todo lo que puede concebir, lo concibe como objeto. Y por tanto como realidad contingente.

El pensamiento teísta nos ofrece aquí una alternativa interesante. A saber: que el cosmos (ya sea este universo, o la cadena de universos, o la cadena de cadenas de universos) dependa finalmente de una realidad que ya no es un objeto físico. Es una explicación que tiene sentido y que nos descarga de la necesidad de postular cadenas de cadenas de cadenas de entidades desconocidas hasta el infinito. Por eso, es verosímil considerar a Dios como la auténtica clave para entender la existencia del universo.

¿La ciencia podrá, algún día 'matar' a Dios?

No, por supuesto que no. A más éxitos de la ciencia, más verosímil se muestra la tesis de la racionalidad del mundo y de la capacidad humana para comprender esa racionalidad. Y esta es una excelente base para comenzar las reflexiones de la teología natural.

Inconscientemente relacionamos que la Iglesia Católica se opone firmemente a la ciencia y la ciencia a la existencia de Dios, ¿qué hay de cierto en ello?

Nada. Esa relación insconciente no es más que el eco de la mitología materialista de la ciencia en la que estamos inmersos. Cuanto antes podamos sacudírnosla, tanto mejor.

¿Cómo se configura la idea del mal desde un punto de vista científico?

Si queremos ocuparnos del mal moral, los científicos no pueden realmente aportar gran cosa. La ciencia estudia hechos, y secuencias de hechos, pero no valores. El ámbito moral, como también el ámbito de las causas finales, es invisible cuando nos situamos en el enfoque científico de la realidad. Esto, ante todo, constituye un indicio bastante notorio de que la imagen científica no es más que la proyección en un plano de una realidad que tiene otras dimensiones que no pueden ser representadas en él.

En cambio, si nos referimos al mal físico (el sufrimiento), la ciencia, y en especial la teoría de la evolución, pueden resultar de gran utilidad para entender la explicación del mismo que San Agustín adelantaba ya en el siglo IV como una conjetura meramente teórica: que Dios podría permitir males que estuvieran esencialmente ligados a la consecución de grandes bienes. En este sentido, la ciencia resulta de gran utilidad, pues muestra la estrecha ligadura que existe entre los distintos rasgos del mundo, y cómo los males físicos, que por supuesto detestamos, constituyen el reverso inseparable del fecundo despliegue de la naturaleza que ha conducido a este mundo de extraordinaria belleza que habitamos.

¿Qué hace que los evolucionistas vean tan claro que la evolución impide la existencia de Dios?

No es cierto que los biólogos evolucionistas afirmen eso. Lo afirman algunos, como Richard Dawkins, por citar sólo al más ardiente de los defensores de esta posición. Pero el propio Darwin no pensaba así. No hay más que recordar las palabras finales de El origen de las especies«Hay grandeza en esta concepción de que la vida, con sus diversas facultades, fue originariamente alentada por el Creador en unas pocas formas o en una de sola; y que, mientras este planeta ha ido girando según la ley constante de la gravitación, a partir de un comienzo tan sencillo se desarrollaron y están evolucionando infinitas formas, cada vez más bellas y maravillosas».

Y a lo largo del siglo y medio de desarrollo de la teoría, buena parte de sus mejores defensores e impulsores han sido creyentes. Estoy pensando, por ejemplo, en el botánico norteamericano Asa Gray, amigo personal de Darwin e introductor de la teoría de la evolución en la Universidad de Harvard, al tiempo que un hombre profundamente religioso. O en Theodosius Dobzhansky, cristiano ortodoxo practicante, y uno de los padres de la teoría sintética de la evolución, sin la que nada tiene sentido en biología, según dijo. O, en nuestros días Francisco José Ayala, sin ir más lejos. Y los ejemplos podrían multiplicarse. No. El supuesto conflicto entre Dios y la teoría de la evolución no es más que uno de los mitos más extendidos de la mitología materialista de la ciencia, que es la «irreligión popular» de nuestros días.

¿Cuál es el punto más conflictivo entre la ciencia y la fe cuando hablan del evolucionismo?

Los que defienden el mito del conflicto entre la fe y la teoría de la evolución, recurren a toda una gama de argumentos. Algunos de ellos son muy ingenuos, como por ejemplo el que contrapone la historia evolutiva de la vida con una lectura literal del primer capítulo del Génesis ―digo que es un argumento muy ingenuo, pues basta con leer el relato alternativo de la creación del hombre en el segundo capítulo del Génesis para darse cuenta de que no estamos ante textos pensados para ser interpretados literalmente―. Pero otros argumentos tienen algo más de sustancia.

Quizás el argumento más recurrente es el que contrapone el azar que interviene en el proceso evolutivo con la idea de un diseño y finalidad cósmica. El azar como elemento fundamental en el mecanismo de la evolución, y en la historia de la vida, resultarían −según este argumento− incompatibles con la idea de una mente como realidad primera que ha generado el cosmos con vistas a la consecución de determinados fines. Pues el azar representa justo todo lo contrario de una mente planificadora: El azar es ciego, no hace cálculos, no tiene fines, no actúa siguiendo un proceso reflexivo, no quiere nada.

Pero este argumento falla al menos por dos razones: en primer lugar porque el azar, en sentido estricto, lo único que indica con seguridad es la limitación de nuestra capacidad de preveer un resultado. Concretamente, en el caso de la evolución, decimos que las mutaciones en el material genético son aleatorias porque no podemos predecirlas en modo alguno. Pero eso no implica de ningún modo que ese resultado imprevisible para nosotros no responda a un propósito.

Y, en segundo lugar, el argumento falla porque el azar (incluso si lo interpretamos como indeterminación de la propia realidad) puede ser un instrumento muy adecuado para la realización de ciertos diseños. Por ejemplo, en muchas ramas de la ciencia actual se utilizan simulaciones informáticas que incluyen generadores de números aleatorios para la reproducción de determinadas situaciones de estudio. El concepto de azar, en definitiva, no es un concepto incompatible con el de diseño.

Por lo demás, el diseño y la racionalidad subyacente del universo se ve con particular nitidez si nos situamos en la perspectiva darwinista. Y la razón de ello es que el mecanismo de variaciones aleatorias y selección natural no podría funcionar, o, al menos, no podría generar la enorme fecundidad de formas de vida que existe en nuestro mundo, si no fuera porque la naturaleza posee una estructura de leyes y constantes finísimamente ajustadas que permiten el desarrollo de un proceso evolutivo fecundo. Dicho de otro modo, para que el mecanismo darwinista sea fecundo, se requiere que actúe sobre una materia de características muy especiales. Y justo esas características las posee la materia de nuestro mundo. 

¿Era el primer hombre (hombre-mono) hecho a imagen y semejanza de Dios? 

Pensemos primero en el significado de la expresión «a imagen y semejanza de Dios». Lo que hace al hombre semejante a Dios es su inteligencia y su voluntad libre, no las facciones del rostro, o el color del pelo. No se sabe realmente en qué momento de la historia de la vida adquirieron nuestros antepasados esa dimensión interior de la conciencia que piensa el mundo y se piensa a sí misma, y delibera las acciones a realizar. Es posible, e incluso probable, que la adquisición del logos fuera un proceso gradual. Pero todas las gradualidades en la naturaleza tienen un límite. En algún momento tuvo que pasarse de nada a algo, por lo que se refiere a esa dimensión interior racional y volitiva del hombre. Desde ese (desconocido) momento, podemos decir en propiedad que estamos ante el primer hombre, y que ese hombre es imagen de Dios.

¿Desde un punto de vista científico, es la experiencia religiosa una psicopatología?

Una vez más, no estamos aquí realmente ante resultados científicos, sino ante la particular interpretación materialista de algunos resultados científicos. Es de sobra conocido, con un conocimiento que se remonta a la antigüedad ―piénsese en el consumo de drogas y estimulantes químicos de todo tipo―, que los estados mentales del hombre se encuentran correlados con estados cerebrales. En las últimas décadas se ha sistematizado este conocimiento por medio de estudios que han llevado a inducir sentimientos y percepciones de muy variados tipos en personas, por medio de la estimulación eléctrica o química de diversas áreas cerebrales. 

El hecho de que hasta experiencias espirituales puedan ser inducidas por algo tan material como un campo magnético aplicado sobre los lóbulos laterales del cerebro ha llevado a los autores materialistas a concluir que la fuente de las experiencias religiosas no es más que una cierta hipersensibilidad a determinados estímulos, debida a la constitución del cerebro de las personas que tienen tales experiencias, o bien en otros casos incluso un subproducto de ciertas enfermedades. En definitiva, nada que apunte una realidad trascendente.

Pero esta interpretación no se sigue realmente de los datos. Pues de la misma manera que se puede inducir mediante estimulación cerebral la percepción de colores y sonidos, sin que ello signifique que todos los colores y sonidos que percibimos habitualmente sean el producto de un engaño, sino que estos proceden por lo común de una fuente real exterior, igualmente se pueden inducir sentimientos religiosos, sin que eso implique que no exista nunca una fuente real exterior de tales experiencias.

Parece evidente que somos distintos a otros animales pero en cuanto a las emociones, ¿compartimos las mismas emociones?

La mayor parte de las emociones que experimentamos, como el miedo, la agresividad, etc., están asociadas con sistemas de conocimiento muy antiguos en la historia de la vida, que compartimos con otros animales. Pero hay emociones que se encuentran asociadas con un alto grado de autoreflexividad. Esas emociones ―como por ejemplo la risa― son propiamente humanas, aunque esto no descarta que en un grado incipiente puedan encontrarse en algunos simios superiores.

¿Qué sentido tienen las matemáticas en la creación?

Permítame que responda a esta pregunta citando a un clásico, el físico y teólogo británico Sir John Polkinghorne, que escribió las siguientes reflexiones al respecto (recogidas en texto suyo que fue publicado en castellano en la obra Dios y las cosmologías modernas): «Cuando usamos las matemáticas abstractas de esta manera como una guía para el descubrimiento físico está ocurriendo algo muy extraño. Después de todo las matemáticas son puro pensamiento, ¿y qué podría enlazar ese pensamiento con la estructura del mundo físico que nos rodea? [...] Eugene Wigner, que también ganó un premio Nobel de física, llamó a esto la “irrazonable efectividad de las matemáticas». Dijo además que tal cosa era un regalo que ni nos lo merecíamos ni lo entendíamos.

Bueno, a mí me gustaría entenderlo. Si he de hacerlo, tendré que buscar más allá de la ciencia misma, porque esta última simplemente se alegra de que las cosas sean así y avanza en la tarea de explorar las oportunidades que esto ofrece. La metafísica naturalista es incapaz de arrojar luz sobre esta profunda inteligibilidad, puesto que tiene que considerarla como un accidente afortunado. No obstante, una metafísica teísta puede venir en nuestra ayuda, ya que ésta sugiere que la razón en nuestras mentes, y la estructura racional del mundo físico a nuestro alrededor, poseen un origen común en la racionalidad del Dios que es el fundamento de nuestra experiencia tanto mental como física».

No se me ocurre una forma de expresarlo mejor en menos palabras.

¿Lo que no se puede explicar con la ciencia, puede ser explicado por alguien/algo?

Por supuesto. Pensemos por ejemplo en la «irrazonable efectividad de las matemáticas», de la que hablaba Wigner, y que Polkinghorne menciona en el pasaje que he citado en la respuesta anterior. La ciencia no puede explicarla, sino que la tiene que dar por supuesta, y se limita a hacer uso de ella. Pero puede ser entendida si nos situamos en la perspectiva cristiana que considera el mundo como producto de un Dios racional del que nuestra inteligencia constituye una imagen.

Lo mismo puede decirse de otros datos que la ciencia descubre, pero cuya explicación requiere un razonamiento en términos de causalidad final, que es algo inabordable desde la perspectiva científica. El llamado «ajuste fino» de las leyes y las constantes de la naturaleza, es decir, el hecho de que las leyes de la naturaleza sean tales que, con un máximo de simplicidad dan lugar a un asombroso despliegue de estructuras complejas, y en particular la vida, y la vida inteligente (que requiere condiciones mucho más particulares que la mera vida unicelular) es con toda probabilidad otro dato de este tipo.

Incluso el mero hecho de que la naturaleza esté regida por leyes, en lugar de ser un caos irracional, es un dato así. La ciencia no puede explicarlo, sino que simplemente lo da por supuesto. Pero puede ser comprendido si nos situamos en la perspectiva de la doctrina cristiana de la creación.

El 'ajuste fino' parece muy evidente ¿Cuáles son los principales argumentos en contra?

Yo no conozco ninguno verdaderamente prometedor. Por eso, hoy por hoy hay muy pocos físicos que nieguen la existencia del ajuste fino. Uno de los pocos que lo ha intentado ha sido Victor Stenger, pero sus argumentos han sido literalmente laminados por especialistas como Luke Barnes. El dato del ajuste fino es robusto.

Otra cosa es la cuestión de cómo interpretar ese dato. En este punto, hay sobre todo dos opciones básicas consistentes: O bien nos encontramos ante una casualidad muy afortunada para nosotros, o bien nos encontramos ante un indicio de diseño cósmico. Y este es el motivo por el que, en efecto, parece que la teología natural puede desarrollar un argumento a partir del dato del ajuste fino del universo. Pues, aunque no hay forma de refutar la posibilidad de que el universo posea por azar la estructura precisa para que en él se desarrollen estructuras interesantes, la diferencia entre el número de legislaciones adecuadas e inadecuadas para generar un universo fértil es tan abismal, que resulta inevitable la sospecha de que este sorteo cósmico estaba de alguna forma manipulado.

¿Es el 'ajuste fino' la prueba de que se puede descubrir la existencia de Dios sin tener fe (dejando de lado la quinta de Santo Tomás)?

Yo no diría que el ajuste fino es «la» prueba, pero sí que es un poderoso indicio que apunta a la existencia de Dios. Por supuesto, los ateos que están al tanto del dato del ajuste fino del universo buscan explicaciones alternativas. Con frecuencia suelen recurrir a la hipótesis del multiverso para escapar de la conclusión de que el cosmos ha sido diseñado. Según su planteamiento, habría muchos universos, cada uno con sus leyes. Y nosotros simplemente habitamos uno cuyas leyes lo hacen habitable. De manera que el ajuste fino sería un mero efecto de perspectiva: Obviamente vivimos en un universo cuyas leyes son consistentes con nuestra existencia.

La explicación es sencilla... Sólo que en realidad no funciona, porque los distintos multiversos que se pueden proponer son siempre demasiado pequeños o demasiado grandes para resolver la cuestión de la peculiaridad de las leyes de la naturaleza de nuestro cosmos. Es decir, que o bien la pregunta del diseño se vuelve a plantear al nivel del multiverso, o bien la sencillez de las leyes de nuestro universo se vuelve incomprensible en los escenarios más grandes.

Pero, en todo caso, el ajuste fino no es el único indicio de la existencia de Dios que puede derivarse de la imagen científica del mundo. La propia racionalidad de la naturaleza, y el hecho de que el hombre pueda descubrir esa racionalidad incluso en ambientes completamente alejados de su entorno ordinario constituyen poderosos indicios. Como también lo es el hecho de que la cosmología describa el universo como un objeto, es decir, como algo contingente.

Hoy está a la orden del día las investigaciones con embriones, investigación con células madres… ¿Cuáles son los límites éticos de las actividades que intervienen sobre la vida humana incipiente? ¿En qué medida ésta ética depende de unas creencias cristianas?

El respeto a toda vida humana es el pilar básico de cualquier sociedad que pretenda merecer el nombre de civilizada, puesto que el primer fundamento del orden jurídico es el respeto al derecho a la vida. De ahí se deriva un límite ético muy claro: No son admisibles las investigaciones que utilicen vidas humanas incipientes simplemente como material de laboratorio, bien sea en orden a adquirir conocimientos generales, o bien sea como material para la obtención de productos médicos, o como parte del proceso de «producción» de otros seres humanos de determinadas características. Cualquier vida humana, por incipiente que sea, ha de ser tratada como un fin en sí mismo, y no solamente como un medio para algo.

Este principio debería ser independiente de las creencias de los científicos. Pero lo cierto es que, en la práctica, sólo la creencia religiosa en la sacralidad de la vida humana parece ser una barrera suficientemente fuerte como para frenar el impulso a servirse de algunas vidas como meros objetos. Por eso, allí donde se debilita la matriz ética cristiana, se acerca la posibilidad de un mundo de pesadilla, en el que el hombre se convertiría en un producto de laboratorio, diseñado para los fines que les sean asignados por los planificadores sociales.

Me gustaría que dedicara unas líneas a explicar las dos últimas cuestiones que se plantea en el libro: ¿Puede un cristiano ser científico? ¿Puede un científico ser cristiano?

Los grandes fundadores de la ciencia moderna, Copérnico, Kepler, Galileo, Newton, Descartes, Leibniz, Pascal etc. fueron todos profundamente cristianos. Más aún, la ciencia era para ellos en muchos casos una forma de acercarse a Dios, por medio del estudio de su obra. En el siglo XIX, conforme se iba produciendo la extensión de las corrientes filosóficas ateas, comenzaron a escuchar por primera vez voces sobre una supuesta incompatibilidad entre ciencia y fe. Pero el hecho es que también la gran mayoría de los científicos de primer rango de esa época fueron personas de abiertamente religiosas, y por lo general cristianos. Estoy pensando en científicos de la talla de Faraday, Maxwell, Pasteur, Mendel, Duhem, o más recientemente Planck, Lemaître, Dobzhansky, Gödel etc. etc. Haga el lector el ejercicio de imaginar la historia de la ciencia sin estos nombres, y se dará cuenta de hasta qué punto resulta absurdo plantear un conflicto entre ser cristiano y ser científico.